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De sus espadas forjarán azadas (Is 2,1-5)

Domingo 1º Adviento – A. Primera lectura

1 Mensaje que vio Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén.
2 Sucederá en los últimos días
que el monte del Templo del Señor se afirmará en la cumbre de los montes,
se alzará sobre los collados,
y afluirán a él todas las naciones.
3 Irán muchos pueblos y dirán:
«Venid, subamos al monte del Señor,
al Templo del Dios de Jacob.
Él nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus senderos,
porque de Sión saldrá la Ley,
y de Jerusalén la palabra del Señor».
4 Él juzgará entre las naciones,
y dictará sentencia a muchos pueblos.
De sus espadas forjarán azadas,
y de sus lanzas, podaderas.
No alzará espada nación contra nación,
ni se adiestrarán más para la guerra.
5¡Casa de Jacob, venid,
caminemos a la luz del Señor!

Comentario a Isaías 2,1-5

A pesar de los pecados del pueblo y de la calamitosa situación de Judá que se está describiendo en la primera parte del libro de Isaías, se abre ya desde el comienzo un resquicio a la esperanza con esta visión de restauración mesiánica y escatológica, en la que se subraya la centralidad universal de Sión, «el monte del Señor», es decir, Jerusalén.

Todos los pueblos acudirán entonces a la ciudad santa no con ánimo belicoso para despojarla de sus riquezas, sino en son de paz, para escuchar la palabra del Señor y ser instruidos en su Ley. Con esa esperanza a la que se apunta ya desde el principio se culminará el libro (cfr 66,18-24), y queda así rubricado al comienzo y al final del escrito uno de los mensajes más importantes que se contienen en él.

El poema (vv. 2-5), que con ligeras variantes aparece también en el libro de Miqueas (4,1-3), pone en relación la Ley con el Templo, centro espiritual de la Jerusalén renovada tras el regreso del destierro de Babilonia.

En contraste con la violencia y desolación que acompaña al pecado (cfr 1,2-9), la reverencia a Dios y el afán de vivir de acuerdo con sus disposiciones, la práctica de la justicia y el amor al prójimo conducen a la paz. La indumentaria bélica se transforma en aparejo de labranza y desarrollo: «En la medida en que los hombre son pecadores —dice el Concilio Vaticano II—, les amenaza, y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas, podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestran más para el combate” (Is 2,4)» (Gaudium et spes, n. 78).

Estas palabras de Isaías que anuncian la intervención salvífica de Dios al final de los tiempos alcanzan su plenitud en el nacimiento de Cristo. Con Él se inaugura una época de perfecta paz y reconciliación.

La Iglesia utiliza este texto en la liturgia del primer domingo de Adviento, dirigiendo nuestra atención hacia la espera de la segunda venida de Cristo, mientras se prepara a recordar su primera venida en la Navidad.

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