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El Buen Pastor (Jn 10,11-18)

4º domingo de Pascua – B. Evangelio

11 Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. 12 El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye —y el lobo las arrebata y las dispersa—, 13 porque es asalariado y no le importan las ovejas. 14 Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. 15 Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. 16 Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. 17 Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. 18 Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre.

Comentario a Juan 10,11-18

San Juan muestra ahora cómo los hombres podemos llegar a la salvación por la fe en Cristo y por medio de su gracia. Jesús es la puerta por la que se entra en la vida eterna, el Buen Pastor que nos conduce y ha dado su vida por nosotros. Con las imágenes del pastor, las ovejas y el redil, se evoca un tema preferido de la predicación profética en el Antiguo Testamento: el pueblo elegido es el rebaño y el Señor su pastor (cfr Sal 23). Los profetas, especialmente Jeremías y Ezequiel (Jr 23,1-6; Ez 34,1-31), ante la infidelidad de los reyes y sacerdotes, a quienes también se aplicaba el nombre de pastores, prometen unos pastores nuevos. Más aún: Ezequiel señala que Dios iba a suscitar un Pastor único, semejante a David, que apacentaría sus ovejas, de modo que estuvieran seguras (Ez 34,23-31). Jesús se presenta como ese Buen Pastor que cuida de sus ovejas. Se cumplen, por tanto, en Él las antiguas profecías. El arte cristiano se inspiró muy pronto en esta figura entrañable del Buen Pastor y dejó así representado el amor de Cristo por cada uno de nosotros.

El Buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre (v. 14; cfr v. 3). En este cuidado solícito se entrevé una exhortación a los futuros pastores de la Iglesia, como más tarde explicará San Pedro: «Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón» (1 P 5,2). «Recuerden [los presbíteros] que su ministerio sacerdotal (...) está ordenado —de manera particular— a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal» (Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7).

Como sucede a menudo a lo largo del evangelio, aquí hay una referencia explícita a la eficacia redentora del sacrificio de Cristo (cfr vv. 15-17). Jesús da su vida incluso por las ovejas que no son del redil de Israel. Su misión es universal pues convoca a todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia (v. 16).

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