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Tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo (1 Jn 2,1-5)

3º domingo de Pascua – B. 2ª lectura

1 Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. 2 Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.

3 En esto sabemos que le hemos conocido: en que guardamos sus mandamientos. 4 Quien dice: «Yo le conozco», pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y en ése no está la verdad. 5 En cambio, quien guarda su palabra, en ése el amor de Dios ha alcanzado verdaderamente su perfección. En esto sabemos que estamos en Él.

Comentario a 1 Juan 2,1-5

Para llevar una vida de unión con Dios, el cristiano debe reconocerse pecador y luchar contra el pecado. Así, Cristo, que es el abogado ante el Padre (2,1), le purifica de todo pecado con su sangre (cfr. 1 Jn 1,7). La acogida de la misericordia divina exige de cada uno de nosotros la confesión de sus faltas. La penitencia impuesta en el sacramento de la Reconciliación nos ayuda a configurarnos con Cristo que es el Único que expió nuestros pecados de una vez por todas (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1460).

«El apóstol San Juan —comenta San Alfonso María de Ligorio— nos exhorta a evitar el pecado; pero, temiendo que decaigamos de ánimo, al recordar nuestras pasadas culpas, nos alienta a esperar el perdón, con tal que tengamos la firme resolución de no caer, diciéndonos que tenemos que habérnoslas con Cristo, que no murió sólo para perdonarnos, sino que además, después de muerto, se ha constituido abogado nuestro ante el Padre celestial» (Reflexiones sobre la Pasión 9,2).

A lo largo de esta carta, «conocer a Dios» no significa un saber teórico sino estar unidos a Él por la fe y por el amor, viviendo la vida de la gracia.

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