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Corrígele a solas (Mt 18,15-20)


 

23º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio

15 Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. 17 Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano.
18 Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
19 Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. 20 Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Comentario a Mateo 18,15-20

El pasaje recoge tres notas para la vida de la Iglesia: la práctica de la fraternidad, la potestad de los pastores y la oración en común. Los cristianos, y especialmente los pastores, deben velar por sus hermanos como hizo Cristo, para que ninguno se pierda (cfr Jn 17,12). Con la práctica de la corrección fraterna, se especifica una manera de cooperar a la salvación del hermano que se ha desviado (vv. 15-17). La última solución —tenerlo por «pagano y publicano» (v. 17)— equivale a la excomunión, entendida como recurso final para salvar su alma (cfr 1 Co 5,4-5).

La Tradición de la Iglesia ha entendido estas palabras del Señor (v. 18) en su sentido genuino, como actuando Cristo en la remisión de los pecados: «Las palabras atar y desatar significan: aquél a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1445). Con el tiempo, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, estableció las formas de celebrar el sacramento de la Penitencia: «La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados, excepto en caso de imposibilidad. Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores» (Juan Pablo II, Misericordia Dei).

Finalmente, Jesús subraya el valor y el poder de la oración en común (vv. 19-20). La afirmación de Jesús debió de ser, para sus discípulos, reveladora de su carácter divino, pues había una expresión de los maestros de su tiempo que decía que cuando dos hombres se reúnen para ocuparse de las palabras de la Ley, Dios mismo está en medio de ellos. La doctrina de la Iglesia acude a este texto cuando enseña la presencia de Jesucristo en la liturgia: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presenté, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7).

Foto de Yuvraj Singh en Unsplash 

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