Ir al contenido principal

Las “confesiones” de Jeremías (Jr 20,10-13)

12º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura

10 Oigo las calumnias de la gente:
«¡Terror alrededor!
¡Delatadle! ¡Delatémosle!».
Todos mis conocidos aguardan mi tropiezo:
«¡Ojalá se deje seducir, entonces podremos con él,
y nos tomaremos venganza!».
11 Pero el Señor está conmigo como bravo guerrero,
por eso, los que me persiguen caerán impotentes,
sentirán gran vergüenza de no haber triunfado,
oprobio perenne, inolvidable.
12 ¡Señor de los ejércitos, que escrutas al justo,
que ves entrañas y corazón,
que vea yo cómo te vengas de ellos,
pues a ti presento mi causa!
13 Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libró la vida de un pobre
de mano de los malvados.

Comentario a Jeremías 20.10-13

Estas palabras forman parte de quinta «confesión» de Jeremías. Están cargadas de dramatismo, y constituyen uno de los pasajes más impresionantes de la literatura profética. Pudo ser pronunciada hacia el 605-604 a.C. cuando Jeremías sufrió la persecución del rey Yoyaquim. En esa confesión, y no sólo en estos versículos, aflora el duro combate interior entre la crisis que conmueve los fundamentos de la fe y la certeza de la vocación divina, cuando después de un arduo trabajo parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso. Después del lamento por los grandes sufrimientos que está encontrando en el desempeño de la misión que el Señor le ha encomendado, que está en los versículos anteriores (vv. 7-9), viene ahora un acto de confianza en Dios en medio del acoso a que se le somete (vv. 10-13).

El profeta ha abierto con confianza su alma a Dios y se ha quejado (vv. 7-9). La misión que le ha confiado sólo le trae desgracias. Cuando Jeremías proclama la palabra de Dios no escucha más respuesta que las acusaciones y calumnias de la gente (v. 10). Le gustaría olvidarse de todo, pero no puede, pues Dios es «como fuego abrasador» que le enciende en su interior (v. 9). En medio de tamaño dolor brilla y vence el celo por el Señor. En efecto, al igual que le sucede a Jeremías, quienes han experimentado el amor de Dios no pueden contener el afán de hablar de Él a quienes no lo conocen, o se han olvidado del Señor. Así lo insinúa Teodoreto de Ciro al comentar este pasaje recordando otro ejemplo de la Escritura: «Lo mismo le ocurrió a San Pablo en Atenas mientras aguardaba en silencio. Se consumía San Pablo en su interior viendo adónde había llegado la idolatría de la ciudad (cfr Hch 17,16). Pues igual le ocurrió al profeta» (Teodoreto de Ciro, Interpretatio in Jeremiam 5,505).

Con todo, Jeremías tiene la seguridad de que el Señor nunca lo abandona (v. 11). Las palabras del profeta reflejan la confianza en que Dios no le dejará (vv. 12-13). Jeremías no abandonó su misión, sino que perseveró en ella hasta el final de sus días. El reconocimiento de su debilidad y la posterior fidelidad son como un anticipo de lo que el Señor manifestó a San Pablo cuando éste también se encontraba en graves dificultades: «La fuerza se perfecciona en la flaqueza» (2 Co 12,9).

San Juan de la Cruz, meditando en toda esta «confesión» de Jeremías, observaba que no siempre es posible entender del todo los designios de Dios. Su lógica no es la lógica de los hombres: «No hay que acabar de comprehender sentido en los dichos y cosas de Dios, ni que determinarse a lo que parece, sin errar mucho y venir a hallarse muy confuso. Esto sabían muy bien los profetas, en cuyas manos andaba la palabra de Dios, a los cuales era grande trabajo la profecía acerca del pueblo; porque, como habemos dicho, mucho de ello no lo veían acaecer como a la letra se les decía. Y era causa de que hiciesen mucha risa y mofa de los profetas; tanto, que vino a decir Jeremías (20,7): Búrlanse de mi todo el día, todos me mofan y desprecian.... En lo cual, aunque el santo profeta decía con resignación y en figura del hombre flaco que no puede sufrir las vías y vueltas de Dios, da bien a entender en esto la diferencia del cumplimiento de los dichos divinos, del común sentido que suenan, pues a los divinos profetas tenían por burladores» (Subida al monte Carmelo 2,20,6).

Comentarios

Entradas más visitadas de este blog

La multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,1-15)

17º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio 1 Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. 2 Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. 3 Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. 4 Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. 5 Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: —¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? 6 —lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. 7 Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. 8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: 9 —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y do...

La sabiduría busca a los que son dignos (Sb 6,12-16)

32º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura 12 La sabiduría es resplandeciente e imperecedera, los que la aman la contemplan con facilidad, los que la buscan, la encuentran. 13 Se adelanta a darse a conocer a quienes la anhelan. 14 Quien madruga por ella no pasará fatigas, la encontrará sentada a la puerta. 15 Pensar en ella es sensatez perfecta, quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones. 16 Que ella misma anda buscando a los que le son dignos, se les muestra en los caminos con actitud benigna y les sale al encuentro llena de solicitud. Comentario a Sabiduría 6,12-16 Exaltación de la sabiduría. No es fácil distinguir cuándo el hagiógrafo se refiere a la Sabiduría divina y cuándo a la sabiduría participada por el hombre. Se ensalza el resplandor y la incorruptibilidad de la sabiduría (v. 12). Ésta aparece personificada: «...

La Bienaventuranzas (Mt 5,1-12a)

4º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio 1 Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; 2 y abriendo su boca les enseñaba diciendo: 3 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos . 4 Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. 5 Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. 9 Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. 10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos. 11 »Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. 12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. C...