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Se ha manisfestado la gracia de Dios a todos los hombres (Tt 2,11-14)

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Navidad. Misa de Medianoche. 2ª lectura

11 Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, 12 educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, 13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, 14 que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien.

Comentario a Tito 2,11-14

La acción de la gracia divina manifestada en la Encarnación tiene eficacia redentora: es portadora de salvación, además de fuente de santificación, al educar para un comportamiento moral recto. Las obligaciones descritas manifiestan un estilo de vida cristiana (v. 12) fundado en la esperanza (v. 13). Es Cristo quien con su obra redentora ha logrado que podamos tener tal vida y esperanza.

En la Eucaristía, alimento del alma, recibimos la gracia para vivir así y la celebramos «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi (“mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”: MR, Embolismo después del Padre Nuestro; cfr Tt 2, 13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3,128: oración por los difuntos)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1404).

El v. 14 es bello resumen de la doctrina de la Redención. Se señalan cuatro elementos esenciales: donación que Cristo hizo de Sí mismo; redención de toda iniquidad; purificación; y apropiación del pueblo. La entrega de Cristo es una alusión al sacrificio voluntario de la cruz (cfr Ga 1,9; 2,20; Ef 5,2; 1 Tm 2,6), mediante el cual nos ha librado de la esclavitud del pecado; el sacrificio de Cristo es la causa de la libertad de los hijos de Dios, de modo análogo a como la acción de Dios operó la liberación del pueblo de Israel en el éxodo, constituyéndolo en pueblo de su propiedad (cfr Ex 19,4-6). Con la nueva Alianza de su sangre, Jesucristo hace de la Iglesia su pueblo elegido, llamado a incorporar a todas las naciones: «Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).

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