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Abrahán recibe a tres peregrinos (Gn 18,1-10a)

16º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
1 El Señor se manifestó a Abrahán junto a la encina de Mambré, cuando estaba sentado a la puerta de la tienda en lo más caluroso del día. 2 Abrahán alzó la vista y vio que tres hombres estaban de pie junto a él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se postró en tierra 3 diciendo:
—Mi Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases sin detenerte junto a tu siervo. 4 Haré que traigan un poco de agua para que os lavéis los pies, y descansaréis bajo el árbol; 5 entretanto, traeré un trozo de pan para que reparéis vuestras fuerzas, y luego seguiréis adelante, pues por algo habéis pasado junto a vuestro siervo.
Contestaron:
—Sí, haz como has dicho.
6 Abrahán corrió a la tienda donde estaba Sara y le dijo:
—Date prisa, amasa tres seim de flor de harina y haz unas tortas.
7 Él fue corriendo a la vacada, tomó un hermoso ternero recental y lo entregó a su siervo que se dio prisa en prepararlo. 8 Luego tomó cuajada, leche, y el ternero que había preparado, y lo sirvió ante ellos; y permaneció en pie a su lado, bajo el árbol, mientras ellos comían.
9 Después le preguntaron:
—¿Dónde está Sara, tu mujer?
Él contestó:
—Ahí en la tienda.
10a Y uno le dijo:
—Sin falta volveré a ti la próxima primavera, y Sara tu mujer habrá tenido un hijo.
Esta nueva aparición de Dios a Abrahán está revestida de un carácter misterioso: los tres hombres representan a Dios. Cuando Abrahán les habla, a veces lo hace en singular, como si fuese uno solo (cfr v. 3), a veces lo hace en plural como si fuesen tres (cfr v. 4). De ahí que algunos Santos Padres hayan interpretado esta aparición como un anuncio anticipado del misterio de la Santísima Trinidad; otros, siguiendo la tradición judía (cfr Hb 13,2), entendieron que aquellos personajes eran ángeles. Así se desprende, en efecto, del texto sagrado ya que narra que uno de aquellos tres hombres, al parecer Yahwéh, queda con Abrahán (cfr v. 22), mientras los otros dos, a los que se llama ángeles, van a Sodoma (cfr 19,1). Aunque los primeros capítulos del Génesis no narrasen expresamente la creación de los ángeles, ésta puede estar incluida en el término «cielo» de 1,1: «Dios, al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana» —afirma el IV Concilio de Letrán (De fide catholica)—. En la Sagrada Escritura, los ángeles son mencionados como servidores y mensajeros de Dios, y, por encima de algunas representaciones como la de este pasaje, se han de entender como criaturas puramente espirituales, personales, inmortales, con inteligencia y voluntad. «Desde la creación (cfr Job 38,7, donde los ángeles son llamados “hijos de Dios”) y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos anunciando, de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cfr Gn 3,24), protegen a Lot (cfr Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cfr Gn 21,17), detienen la mano de Abrahán (cfr Gn 22,11), la ley es comunicada por su ministerio (cfr Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cfr Ex 23,20-23), anuncian nacimientos (cfr Jc 13) y vocaciones (cfr Jc 6,11-24; Is 6,6), asisten a los profetas (cfr 1 R 19,5), por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cfr Lc 1,11-26)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 332).
En el conjunto de la narración del Génesis, este episodio manifiesta que en la nueva situación creada por la Alianza, Dios habla con Abrahán directamente, como lo hiciera con Adán antes del pecado. Abrahán, por su parte, acoge a Dios mediante la hospitalidad, y Dios le promete de nuevo un hijo de Sara, concretándole, esta vez, el tiempo en el que habría de nacer. «Habiendo creído en Dios (cfr Gn 15,6), marchando en su presencia y en alianza con él (cfr Gn 17,2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio de la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cfr Gn 18,1-15; Lc 1,26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abrahán está en consonancia con la compasión del Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cfr Gn 18,16-33)» (ibidem, n. 2571).

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