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Vanidad de vanidades (Qo 1,2; 2,21-23)

18º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura

1,2¡Vanidad de vanidades
—dice Qohélet—,
vanidad de vanidades, todo es vanidad!
2,21 Hay personas que trabajan con sabiduría, ciencia y provecho, y han de dejar lo suyo a quien no lo trabaja. También esto es va­nidad y un gran mal.
22 Entonces ¿qué saca el hombre de todo su trabajo y del empeño que su corazón pone bajo el sol?, 23 pues pasa todos los días dolorido y contrariado, y su corazón ni siquiera reposa por la noche. También esto es vanidad.

Comentario a Eclesiastés 1,2 y 2,21-23

El libro del Eclesiastés (Qohélet) comienza y termina casi con las mismas palabras: «¡Vanidad de vanidades...» (v. 2; cfr 12,8). En esa frase se sintetiza de modo admirable la idea central de la obra y se expresa la valoración que merecen al autor sagrado las rea­lidades del mundo y los frutos del esfuerzo humano, incluido el hallazgo de una sabiduría superficial que no está de acuerdo con los datos evidentes de la experiencia. La raíz hebrea del término que traducimos como «vanidad» significa algo así como «vapor», «aire», «vaho», y connota la idea de inconsistencia, ilusión, irrealidad. Algunos la relacionan con otra raíz que significa «huidizo», «evanescente», en el sentido de incomprensible para el hombre, y éste es ciertamente un aspecto presente a lo largo del libro. «Vanidad de vanidades» es la forma hebrea de superlativo, como «Can­tar de los cantares».

Al leer este libro conviene tener presente que el autor es un maestro judío, buen conocedor de la Ley y de la tradición sapiencial de Israel, que ante la irrupción en Judea de diversas corrientes de pensamiento procedentes de la cultura griega se plantea con radicalidad si la respuesta sobre el valor de las acciones humanas, y su retribución según aquella tradición israelita, es válida; o si lo son las propuestas hedonistas y al margen de Dios propugnadas por los filósofos griegos en las plazas y en las calles. Qohélet no va a dejar en pie ni una ni otra. Con una considerable dosis de realismo cuestiona las doctrinas y enfoques vitales que han prendido en la gente y rompe falsas certezas. Sus palabras no manifiestan una actitud escéptica ante la capacidad humana de conocer, sino ante los intentos de los que buscan alcanzar la sabiduría sin ir a la raíz de la realidad de la vida. «El Eclesiastés explica la constitución particular de las cosas, y nos manifiesta y hace presente la vanidad de cuanto hay en el mundo, para que entendamos que no son dignas de ser apetecidas las cosas que son transitorias y para que comprendamos que no debemos dirigir nuestra atención a las cosas fútiles o de ninguna entidad» (S. Basilio, In principium Proverbiorum 1).

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