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Completo lo que falta a los padecimientos de Cristo (Col 1,24-28)

16º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura

24 Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. 25 De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina, dada en favor vuestro: para cumplir el encargo de anunciar la palabra de Dios, es decir, 26 el misterio que estuvo escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha sido manifestado a sus santos. 27 En efecto, Dios quiso dar a conocer a los suyos las riquezas de gloria que contiene este misterio para los gentiles: es decir, que Cristo está en vosotros y es la esperanza de la gloria. 28 Nosotros lo anunciamos exhortando a todo hombre y enseñando a cada uno con la verdadera sabiduría, para hacer a todos perfectos en Cristo.
¿Qué entiende San Pablo por «lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (v. 24)? De modo muy sencillo, resume San Alfonso Mª de Ligorio la respuesta más común: «¿Es que la Pasión de Cristo no fue suficiente por si sola para salvarnos? Nada faltó, sin duda, de su valor intrínseco y fue plenamente suficiente para salvar a todos los hombres. Con todo, para que los méritos de la pasi-ón se nos apliquen, debemos, según Santo Tomás (Summa theologiae 3,49,3 ad 2 y ad 3), cooperar por nuestra parte —redención subjetiva—, soportando con paciencia los trabajos que Dios nos mande, para asemejarnos a nuestra cabeza que es Cristo» (Reflexiones sobre la Pasión 10). Es decir, los hombres podemos cooperar con los planes de Dios no sólo por nuestras acciones y oraciones, sino también por nuestros sufrimientos, participando en los sufrimientos de Cristo. «El hombre que sufre (...) en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas» (Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 27).
Se llama «misterio» (v. 26) «al anuncio de la economía de la Redención, ya que era desconocida para todos antiguamente y conocida sólo por Dios» (Teodoreto de Ciro, Interpretatio in Colossenses, ad loc.).

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