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Convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1,14-20)

3º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio

14 Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, 15 y diciendo:
—El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
16 Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús:
—Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.
18 Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron.
19 Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; 20 y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

Comentario a Marcos 1,14-20

Que Jesús comience su predicación cuando cesó la del Bautista está indicando que la etapa de las promesas ha finalizado ya, y que con Él y sus palabras comienza el Reino de Dios y, por tanto, la salvación. También sugiere, como más tarde se hace explícito con el martirio del Bautista, que la proclamación del Evangelio no se hará sin dificultades.

«Evangelio de Dios» (v. 14). Esta expresión la encontramos en San Pablo (Rm 1,1; 2 Co 11,7; etc.) como equivalente a la de «Evangelio de Cristo» (Flp 1,27; 2 Co 2,12; 2 Ts 1,8; etc.). Indica, sobre todo, la novedad gozosa que adviene con Jesús, el Reino de Dios: «En lo que puedo recordar, del Reino de los Cielos no he oído hablar nunca leyendo la Ley, los Profetas o el Salterio; sólo leyendo el Evangelio. El Reino de Dios ha quedado abierto sólo después de que haya venido aquél que dijo: el Reino de Dios está dentro de vosotros» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 2).

Participar de este Reino exige de los hombres una conversión interior, estar dispuestos a recibir un nuevo don de Dios: «Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cfr Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cfr Mc 2,3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el -ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia» (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 13).

En aquel tiempo, los jóvenes judíos piadosos que deseaban profundizar en el conocimiento y práctica de la Ley de Moisés, procuraban ser admitidos entre el grupo de algún maestro o rabino: «Búscate un rabí y te desaparecerán las dudas», decía un adagio rabínico (Pirqué Abot 1,16). En cambio, aquí es Jesús quien llama a algunos, a los que Él quiere (cfr 3,13), para que sean sus discípulos: hace esa llamada con autoridad, y aquellos hombres responden. San Jerónimo, que ofrece unos vibrantes comentarios de estos primeros capítulos del evangelio, atendía aquí a la fuerza de la mirada de Jesús (v. 16; cfr 10,21): «Si no hubiera algo divino en el rostro del Salvador, hubieran actuado de modo irracional al seguir a alguien de quien nada habían visto. ¿Deja alguien a su padre y se va tras uno en quien no ve nada distinto de lo que puede ver en su padre?» (Commentarium in Marcum 9).

Aquellos discípulos responden a la llamada, «al momento» (v. 18), abandonando no sólo lo que estaban haciendo, sino todas las cosas (cfr 10,28). El evangelio sigue siendo actual: Dios pasa junto a nosotros y nos llama. Si no se le responde, Él puede seguir su camino y nosotros perderlo de vista y de nuestra vida.

Sin duda, Jesús conocía a estos discípulos desde tiempo atrás (cfr Jn 1,40-46). San Marcos coloca la llamada a seguirle como primera acción del ministerio de Jesús para señalar la colaboración de los discípulos en la proclamación del Reino y para subrayar que la obra de los Apóstoles, tras la resurrección de Jesús, será la continuación de la obra de Cristo.

Foto de Fredrik Öhlander en Unsplash

Comentarios

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