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El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe (Mc 9,30-37)

25º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
30 Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese, 31 porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía:
—El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días.
32 Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle.
33 Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó:
—¿De qué hablabais por el camino?
34 Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. 35 Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo:
—Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos.
36 Y acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
37 —El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.
Desde la confesión de Pedro (8,31) hasta la llegada a Jerusalén (10,52), Jesús busca la soledad (v. 30) para preparar a sus discípulos y para instruirles acerca de lo que iba a suceder en Jerusalén. El evangelio muestra la dificultad de los discípulos para entenderle (v. 32), como mostrará después que, a la hora de la verdad, le dejaron solo (14,50.71). Y es que únicamente con la gracia es posible entender estas verdades: «Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. (...) Predecían también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce Él y aquellos a quienes las revela» (S. Anastasio de Antioquía, Sermones 4,1).
Se recoge a continuación (vv. 33-50) un conjunto de enseñanzas de Jesús que se refieren principalmente a lo que debe ser la vida de la Iglesia. El primer grupo de exhortaciones (vv. 33-41) relata dos episodios en los que el Señor indica las actitudes que debemos vivir los cristianos. El primero nace en una discusión mantenida a espaldas de Jesucristo. El Señor adoctrina a los discípulos sobre el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia (vv. 33-35): no como quien domina, sino como quien sirve. Él, que es Cabeza y Legislador supremo, vino a servir y no a ser servido (10,45). Quien no busca esta actitud de servicio abnegado, además de carecer de una de las mejores disposiciones para el recto ejercicio de la autoridad, se expone a ser arrastrado por la ambición del poder, por la soberbia y por la tiranía: «Hacer cabeza en una obra de apostolado es tanto como estar dispuesto a sufrirlo todo, de todos, con infinita caridad» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 951). Después, a propósito del que expulsaba demonios en nombre de Cristo, el Señor les enseña a tener amplitud de miras en el crecimiento del Reino de Dios (vv. 38-40) y les previene —a ellos y a nosotros— contra el exclusivismo y el espíritu de partido único.
Ambos episodios finalizan (vv. 36-37.41) con una novedosa doctrina que Jesucristo predicó en otras muchas ocasiones (cfr Mt 25,40.45): los cristianos debemos reconocerle en el necesitado, o sea, en un niño que nada puede por sí mismo (vv. 36-37), o en el discípulo que se ha desprendido de todo para seguir el ejemplo de su Maestro (v. 41). No importa cuánto se ofrezca, pero sí importa el amor con que se haga: «¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al juicio humano; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 3,2).

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