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Lo bueno, agradable y perfecto (Rm 12,1-2)

22º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura

1 Os exhorto, por tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: éste es vuestro culto espiritual. 2 Y no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto.

Comentario a Romanos 12,1-2

En este capítulo San Pablo habla sobre la conducta que se ha de observar para llevar una vida conforme a la voluntad de Dios y la dignidad cristiana, y, de entrada, en estos dos versículos establece el fundamento de su exhortación. El que ha sido justificado en Cristo debe ofrecerse completamente y sin reservas a Dios, como en un acto de culto (vv. 1-2). «Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de suerte que todos los que a este pueblo pertenecen, por estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como “hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12,1)» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 2). Se trata, pues, de dar a Dios un culto que —como enseñó Jesucristo a la samaritana— no es puramente material, exterior y formal, sino interior y espiritual (cfr Jn 4,23-24). Así, toda la vida del cristiano queda empapada de sentido sacerdotal: «Si yo —escribía Orígenes— renuncio a todo lo que poseo, si llevo la cruz y sigo a Cristo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios (...). Si mortifico mi cuerpo y me abstengo de toda concupiscencia, si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, entonces he ofrecido un holocausto en el altar de Dios y me hago sacerdote de mi propio sacrificio» (In Leviticum homilia 9,9). O como enseñaba San Josemaría Escrivá: «Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 P 2,5), para realizar cada una de nuestras propias acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» (Es Cristo que pasa, n. 96).

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