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Con una sola oblación hizo perfectos para siempre a los que son santificados (Hb 10,11-14.18)

33º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura

11 Mientras todo sacerdote se mantiene en pie día tras día para celebrar el culto y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar los pecados, 12 él, en cambio, ofreció un solo sacrificio por los pecados y se sentó para siempre a la diestra de Dios, 13 y sólo le queda esperar que sus enemigos le sean puestos como estrado de sus pies; 14 porque con una sola oblación hizo perfectos para siempre a los que son santificados. 18 Ahora bien, donde hay remisión de pecados ya no hay ofrenda por ellos.

Comentario a Hebreos 10,11-14 y 18

El sacrificio de Jesucristo es superior a los sacrificios de la Antigua Ley. Éstos tenían que reiterarse (cfr vv. 1-4) y no podían borrar los pecados (v. 11). En cambio, el sacrificio de Cristo en la cruz es único y perfecto «para siempre» (vv. 12-14). Los que participan de él alcanzan la perfección, es decir, el perdón de los pecados, la pureza de conciencia y el acceso y la unión con Dios. En otras palabras, la santidad deriva del sacrificio del Calvario.

Conviene recordar que la Santa Misa es la renovación de este único sacrificio de Cristo, pero no reiteración al modo de los antiguos sacrificios: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a sí misma entonces sobre la cruz; sólo difiere la manera de ofrecer” (Cc. de Trento: DS 1743)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1367).

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