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Corregir por amor (Lv 19,1-2.17-18)

7º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
1 Habló el Señor a Moisés y dijo:       
2 —Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.
17 No guardarás en tu corazón rencor contra tu hermano, sino que corregirás a tu prójimo para no hacerte culpable por su causa. 
18 No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor.
La santidad que se pide a los israelitas va más allá de lo meramente ritual. Como en Lv 20,26, se exhorta a dicha santidad por la razón suprema de que el Señor es Santo.
Los vv. 2 («sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo»; cfr también 20,26) y 18 («Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor»; cfr también 19,33-34) condensan toda la ética del libro del Levítico y aun de toda la Ley de Dios.
Así lo explicará después Jesucristo, según lo reporta Mt 22,34-40 (textos paralelos en Mc 12,28-31 y Lc 10, 25-28): «Los fariseos, al oír que había hecho ca­llar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas”».
La corrección fraterna (cfr Lv 19,17) es práctica que Jesucristo elevará a un plano superior (cfr Mt l8,15s.). También el amor al prójimo es elevado por Nuestro Señor a un nivel más alto. En primer lugar porque el prójimo no se reducía a los miembros del pueblo hebreo, o a los forasteros que habitaban en tierra judía. Para Cristo el prójimo es todo aquél que pasa junto a nosotros, o está a nuestro lado, sea he­breo o no lo sea. Por otra parte, no se trata tan sólo de amar a los demás como a nosotros mismos, sino de amarles como Cristo nos amó (cfr Jn 15,12).

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