Comentario a 2 Timoteo 1,8-10
La necesidad de afrontar con fortaleza las contrariedades que lleva consigo el evangelio tiene un fundamento teológico: la vocación divina de los cristianos y la manifestación de Dios Salvador. San Pablo, como en otros lugares de estas cartas (cfr 1 Tim 3,15 ss.; Tit 3,5-7), hace un condensado canto a la salvación, con expresiones probablemente basadas en algún himno litúrgico o confesión de fe.
La salvación que Dios realiza se contempla en este pasaje, en cuanto aplicada a los cristianos (v. 9) y manifestada en la Encarnación de Jesucristo (v.10). Señala cuatro puntos esenciales de la salvación: 1) Dios ya la ha realizado para todos; 2) Dios es también quien llama a todos los hombres a participar en ella; 3) es gratuita, pues el hombre no puede merecerla (cfr Tit 3,5; Eph 2,8-9); y 4) el designio divino es eterno (cfr Rom 8,28-30; Eph 1,11).
«La manifestación de Jesucristo» (v. 10) alude en primer lugar a su Encarnación (cfr Tit 2,11; 3,4), pero abarca toda su obra redentora, que culmina en su manifestación gloriosa (cfr 1 Tim 6,14; 2 Tim 4,1.8). El efecto maravilloso de la Redención es doble: la victoria sobre la muerte, física y espiritual, y la donación abundante y luminosa de la vida inmortal. La Iglesia canta con gozo esta realidad: «Pues El es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida» (Prefacio Pascual, I).
«Desde la eternidad»: Literalmente, «desde los tiempos de las edades». Es una expresión primitiva equivalente al concepto de eternidad.

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