11º domingo del Tiempo Ordinario - A
36 Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.
37 Entonces les dijo a sus discípulos:
—La mies es mucha, pero los obreros pocos. 38Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
10,1 Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. 2 Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4 Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.
5 A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:
—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; 6 sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7 Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». 8 Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.
Comentario a Mateo 9,36 - 10,8
Con la narración del Discurso de la Montaña y de los milagros de Jesús, el evangelista ha mostrado cómo Jesús realizó el programa que se condensa en el v. 35 y que se anunciaba antes de comenzar las dos secciones, en 4,23. Un programa que se desarrollará en ámbito universal y a lo largo de la historia mediante los Apóstoles enviados a trabajar en el campo del Señor.
San Mateo anota los sentimientos de Jesús, que se conmueve al examinar la situación del pueblo en su tiempo. En esa situación ve cumplida la profecía de Ez 34, en la que Dios, por medio del profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías. Por eso, las palabras del evangelista dejan entrever la profundidad de los sentimientos del corazón de Jesús: «Este Corazón divino es abismo que atesora todo bien; y se precisa que en él vacíen los pobres todas sus necesidades. Es abismo de gozo en que sumergir todos nuestros pesares; es abismo de humildad, remedio de nuestro engreimiento. Es abismo de misericordia para los desgraciados y abismo de amor en que sumergir nuestra pobreza» (S. Margarita María de Alacoque, Epistula, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del 16-X).
Jesús contempla la extensión de la misión (vv. 37-38). Ahora, como en tiempos de Jesucristo, los obreros son pocos para la tarea, y Dios cuenta con nuestra oración: «Para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. (…) Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 17,3).
La obra del Señor ha sido predicar el Evangelio del Reino y acreditar su llegada mediante la curación de enfermedades y dolencias (v. 35). Enseguida, con la constitución y misión de los Doce, el evangelista mostrará que lo mismo harán los Apóstoles, que son enviados a predicar la cercanía del Reino (10,7), y están también constituidos por el Señor con potestad para curar las enfermedades y dolencias (10,1).
esús, para llevar adelante el Reino de Dios que inaugura, va a fundar un nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. Con ese fin ahora elige, da poderes e instruye a los Doce Apóstoles, que suceden y sustituyen a los antiguos doce patriarcas de las doce tribus de Israel y que son el germen de su Iglesia. «Los envió, en primer lugar, a los hijos de Israel y luego a todos los pueblos para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran, y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella como pastores bajo la dirección del Señor, todos los días hasta el fin del mundo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 19).
El evangelista subraya explícitamente que la obra de los Apóstoles continúa la obra de Cristo, que les da su misma potestad de «curar todas las enfermedades y dolencias» (v. 1; 9,35). Como el Señor envió a los Apóstoles a todos los pueblos (28,19), y prometió su asistencia hasta el fin de los siglos (28,20), la Iglesia confiesa que esta potestad apostólica se ha transmitido a sus sucesores: «En orden a apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación. (…) Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles como Él mismo había sido enviado por el Padre, y quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen los pastores en su Iglesia. Pero para que el episcopado mismo fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de fe y de comunión» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 18).
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