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Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo (Mc 16,15-20)

Ascensión del Señor – B. Evangelio
En aquel tiempo se apareció Jesús a los once 15 y  les dijo:
—Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados.
19 El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
20 Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.
El segundo evangelio finaliza con un apretado sumario sobre las apariciones del resucitado. Estos versículos tienen un estilo distinto del resto del evangelio y faltan en algunos manuscritos. Con todo, ya sea que Marcos siguió de cerca un documento, ya sea un añadido posterior, este pasaje es considerado canónico y, por tanto, inspirado.
La aparición a los Once (vv. 14-18) condensa la misión de los Apóstoles, que es ahora la misión de la Iglesia: el destino universal de la salvación y la necesidad del Bautismo para acceder a ella. La enseñanza de la Iglesia lo expresa así: «Ante todo, debe ser firmemente creído que la “Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cfr Mc 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta” (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 14) Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cfr 1 Tm 2,4); por lo tanto, “es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación” (Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 9). (...) La Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo» (Congr. Doctrina de la Fe, Dominus Iesus, nn. 20 y 22).
Finalmente, los dos últimos versículos (vv. 19-20) relatan quién es Jesús en el presente de la historia: el que ha sido exaltado a la derecha del Padre y quien actúa en sus discípulos confirmando su palabra. La Ascensión del Señor a los Cielos y el estar sentado a la derecha del Padre constituyen el sexto artículo de la Fe que recitamos en el Credo. Jesucristo subió al Cielo en cuerpo y alma; en su Humanidad, ha tomado eterna posesión de la gloria y ocupa junto a Dios el puesto de honor sobre todas las criaturas en cuanto hombre (cfr Catechismus Romanus 1,7,2-3). Con su «entrada» en los Cielos, en su nuevo modo de existencia gloriosa, de alguna manera ya estamos nosotros también participando de esa gloria (cfr Ef 2,6). El Catecismo de la Iglesia Católica resume así la repercusión salvífica de la ascensión: «Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente» (n. 666).

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