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Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis (Ez 37,12-14)

5º domingo de Cuaresma – A. 1ª lectura

12 Por eso, profetiza y diles: «Esto dice el Señor Dios: “¡Pueblo mío! Voy a abrir vuestros sepulcros, os haré salir de vuestros sepulcros y os haré entrar en la tierra de Israel. 13 Y sabréis que Yo soy el Señor cuando abra vuestros sepulcros y os haga salir de vuestros sepulcros, ¡pueblo mío! 14 Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis, y os estableceré en vuestra tierra y sabréis que Yo, el Señor, lo he dicho y lo hago”, oráculo del Señor Dios».

Comentario a Ezequiel 37,12-14

Estas palabras del Señor al profeta forman parte del diálogo entre ambos durante la visión del campo de huesos secos que, al invocar el profeta al Espíritu, entre en ellos para que vuelvan a vivir hasta hacerse un ejército numeroso.

La impresionante visión de los huesos secos que son revitalizados prepara el momento culminante de la restauración de Israel: la unificación de los dos reinos (cfr Ez 37,15-28). En un grandioso contraste entre muerte y vida, huesos y espíritu, se pone de manifiesto que la revitalización que Dios lleva a cabo va más allá de una reconstrucción material o un retorno territorial; supone más bien un comenzar de nuevo, un retomar la vida, tanto personal como social.

La visión propiamente dicha (Ez 37,2-10) se sitúa en una inmensa llanura (cfr 3,22-23), y responde a la inquietante pregunta sobre la suerte de los deportados: «Están secos nuestros huesos y destruida nuestra esperanza» (Ez 37,11). Es una de las visiones de Ezequiel más conocidas y comentadas por su expresividad y por su sencillez para ser comprendida. El profeta la explica aplicándola a la destrucción-restauración de Israel (vv. 11-14), aunque los Santos Padres han visto en este texto destellos, aunque velados, de la resurrección de los muertos: «Así pues, como se puede ver, el creador vivifica desde aquí abajo nuestros cuerpos mortales; y les promete además la resurrección y la salida de los sepulcros y las tumbas, y que les dará la incorruptibilidad (...); en esto se prueba que sólo Él es Dios, el que hace todas las cosas, el buen Padre que, por pura bondad, concede la vida a los seres que no la poseen por sí mismos» (S. Ireneo, Adversus haereses 5,15,1). También San Jerónimo recoge un sentido semejante: «No se habría puesto la comparación de la resurrección para significar la restau­ración del pueblo de Israel, si no se creyera en la resurrección futura, porque nadie deduce una certeza de cosas que no existen» (Commentarii in Ezechielem 37,1ss.).

En el texto que escucharemos este domingo el Señor afirma: «Infundiré mi espíritu en vosotros» (Ez 37,14). El espíritu del Señor es, al menos, el poder de Dios (cfr Gn 1,2) que lleva a cabo una acción creadora. Es también el principio de vida (cfr Gn 2,7) que hace del hombre que lo recibe una criatura con vida; y es, sin duda, principio de vida sobrenatural. El mismo Dios, que con su poder ha creado todas las cosas, puede también revitalizar al pueblo deprimido en Babilonia y hacer al hombre partícipe de la vida divina. Esta promesa, como otras formuladas por los profetas (cfr Ez 11,19; Jr 31,31-34; Jl 3,1-5), tendrá su cumplimiento pleno en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo venga sobre los Apóstoles: «Según estas promesas, en los “últimos tiempos”, el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 715).

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