Ir al contenido principal

La vocación de Pablo (Ga 1, 11-19)

10º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
11 Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio que yo os he anunciado no es algo humano; 12 pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. 13 Porque habéis oído de mi conducta anterior en el judaísmo: cómo perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía, 14 y aventajaba en el judaísmo a muchos contemporáneos de mi raza, por ser extremadamente celoso de las tradiciones de mis padres. 15 Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien 16 revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles, enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre, 17 y sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles, mis predecesores, me retiré a Arabia, y de nuevo volví a Damasco.
18 Luego, tres años después, subí a Jerusalén para ver a Cefas, y permanecí a su lado quince días; 19 pero no vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Santiago, el hermano del Señor
La vocación de Pablo confirma la autenticidad de lo que enseña. Su Evangelio —que no se aparta del que proclaman los demás Apóstoles (cfr 2,2; 1 Co 15,3)— no viene de un hombre, sino de la revelación de Jesucristo (v. 12). Su vocación, como la de otros enviados por Dios (cfr Jr 1,5; Is 49,1-5; Lc 1,14), manifiesta la iniciativa divina y la ausencia de méritos personales. Cuando la voluntad de Dios se le manifestó a Pablo en el camino de Damasco (cfr Hch 9,3-6), su vida cambió radicalmente (vv. 13-17): de no producirse ese cambio —que había llenado de gozo a las comunidades cristianas de Judea (vv. 22-24) y del que eran testigos los gálatas—, de nada servirían las declaraciones sobre su vocación y misión.
Pablo nos informa que tras un tiempo de retiro en Arabia (probablemente en el reino de los nabateos, al sur de Damasco), volvió a la capital de Siria (v. 17), y que después marchó a Jerusalén (vv. 18-20; cfr Hch 9,26-30; 22,18) para ver a Cefas. Su estancia junto a Pedro muestra el reconocimiento por parte de Pablo de la misión preeminente de Simón Pedro: «Se dirige a él como a persona excelsa e importante. Y no dijo: “Mirar a Pedro”, sino “Visitar a Pedro”, como afirman los que exploran grandes y espléndidas ciudades» (S. Juan Crisóstomo, In Galatas 1,1,18). Con este espíritu, a lo largo de los siglos, también los cristianos han manifestado su amor a Pedro y a sus sucesores, acudiendo en peregrinación a Roma «para ver a Pedro» (v. 18).

Probablemente «Santiago, el hermano del Señor» (v. 19) es quien dirigió algún tiempo la comunidad cristiana de Jerusalén y a quien se le atribuye la carta que lleva su nombre (cfr St 1,1).

Comentarios

Entradas más visitadas de este blog

Lo reconocieron al partir el pan (Lc 24,13-35)

Domingo 3º de Pascua – A. Evangelio 13 Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. 14 Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. 15 Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, 16 aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. 17 Y les dijo: —¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos. 18 Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? 19 Él les dijo: —¿Qué ha pasado? Y le contestaron: —Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: 20 cómo los pr...

Himno a la caridad (1 Co 12,31—13,13)

4º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura 12,31 Aspirad a los carismas mejores. Sin embargo, todavía os voy a mostrar un camino más excelente. 13,1 Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos. 2 Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada. 3 Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía. 4 La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, 5 no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, 6 no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; 7 todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 8 La caridad n...

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito (Jn 3,16-18)

Santísima Trinidad – A. Evangelio 16 Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Estas palabras finales del diálogo con Nicodemo (cfr Jn 3,16-21) sintetizan cómo la muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por nosotros los hombres. Tanto para los inmediatos destinatarios del evangelio, como para el lector actual, esas palabras constituyen una llamada apremiante a corresponder al amor de Dios: que «nos acordemos del amor con que [el Señor] nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios (...): que amor saca amor (...). Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar» (Sta. Teresa de Jesús, Vida 22,14). Las palabras ...