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Entrada del Mesías en Jerusalén (Mc 11,1-10)


Domingo de Ramos. Procesión – B
1 Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos 2 y les dijo:
—Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. 3 Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», respondedle: «El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí».
4 Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. 5 Algunos de los que estaban allí les decían:
—¿Qué hacéis desatando el borrico?
6 Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron. 7 Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y se montó sobre él. 8 Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos. 9 Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban:
—¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
10 ¡Bendito el Reino que viene,
el de nuestro padre David!
¡Hosanna en las alturas!
Los seis capítulos finales del Evangelio de Marcos relatan la actividad de Jesús durante los últimos días de su vida terrena en Jerusalén. La estructura de estos capítulos es la de la Semana Santa. Por eso, la liturgia de la Iglesia revive puntualmente estos acontecimientos, desde el Domingo de Ramos hasta el gran día de la Pascua de Resurrección: «La Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). S. Atanasio la llama “el gran domingo” (Ep. fest. 329), así como la Semana Santa es llamada en Oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, ­penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1169).
Con la entrada en Jerusalén, Jesús se manifiesta como el Mesías prometido (cfr Za 9,9). Pero, además, con sus gestos, deja intuir la grandeza de su ser. En efecto, las multitudes, como antes Bartimeo (10,47-48), le tienen como el Mesías descendiente de David. Jesús anticipa ahora una corrección a ese título que después hará explícita (12,35-37), llamándose a sí mismo «Señor» (v. 3) y mostrando su efectivo señorío sobre las criaturas. Sin embargo, es un señorío que no se impone por la fuerza sino que respeta la libertad del hombre: «Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 450).

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