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Falsa seguridad de las riquezas (Am 6,1a.4-7)

26º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura

1a ¡Ay de los que viven tranquilos en Sión
y confían en la montaña de Samaría!
4 los que se acuestan en lechos de marfil,
se echan en divanes,
comen corderos del rebaño
y terneros del establo,
5 los que canturrean al son del arpa,
y se inventan, ¡como si fueran David!,
instrumentos de música,
6 los que beben vino en cálices,
y se ungen con los primeros ungüentos,
pero no se afligen por la ruina de José.
7 Por eso, ahora irán al cautiverio
los primeros entre los cautivos,
y se acabará la orgía de los corruptos.

Comentario a Amós 6,1-7

Con este «¡Ay!» (v. 1) comienza la última sección de la segunda parte del libro de Amós. En ella se pueden distinguir dos fragmentos distintos, pero que coinciden en el motivo del reproche: la riqueza y el orgullo. El primero, que es el que leemos este domingo (vv. 1-7), es un reproche a los que viven de modo inconsciente (vv. 4-6), tanto en Sión como en Samaría (v. 1), poniendo su confianza en las clases dirigentes y opulentas de «la primera de las naciones», es decir, el reino del Norte o Samaría. El cargo principal es vivir lujosamente y con despreocupación de las desgracias de los demás.

La advertencia no deja de tener vigencia en todos los momentos de la historia humana: «Descendiendo a consecuencias prácticas y muy urgentes, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente (...). En nuestros días principalmente urge la obligación de acer­carnos a cualquier otro hombre y servirle activamente cuando llegue la ocasión, ya se trate de un anciano abandonado por todos, o de un trabaja­dor extranjero injustamente despreciado, o de un desterrado, o de un niño nacido de una unión ilegítima que sufre inmerecidamente a causa de un pecado que él no ha cometido, del hambriento que interpela nuestra conciencia recordándonos la palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt 25,40)» (Gaudium et spes, n. 27).

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