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El don del sacerdocio (2 Tm 1,6-8.13-14)

27º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura

6 Por esta razón, te recuerdo que tienes que reavivar el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos, 7 porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino de fortaleza, caridad y templanza. 8 Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por el Evangelio con fortaleza de Dios.
13 Ten por norma las palabras sanas que me escuchaste con la fe y la caridad que tenemos en Cristo Jesús. 14 Guarda el buen depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Comentario a 2 Timoteo 1,6-14

El rito de la imposición de las manos, mencionado también en 1 Tm 4,14, comunicaba el don del ministerio apostólico. La Iglesia ha conservado intactos estos elementos esenciales del sacramento del Orden: la imposición de las manos y las palabras consecratorias del Obispo (cfr Pablo VI, Pontificalis Romani recognitio). El «don de Dios» (v. 6) alude al «carácter» sacerdotal. Los dones que Dios confiere al sacerdote «no son en él transitorios y pasajeros, sino estables y perpetuos, unidos como están a un carácter indeleble, impreso en su alma, por el cual ha sido constituido sacerdote para siempre (cfr Sal 110,4), a semejanza de Aquel de cuyo sacerdocio queda hecho partícipe» (Pío XI, Ad catholici sacerdotii, n. 22). El lenguaje que emplea San Pablo es bien gráfico: por el sacramento del Orden se confiere un don divino que permanece para siempre en el sacerdote como un rescoldo, que conviene atizar de vez en cuando para que produzca toda la luz y el calor que potencialmente encierra. Santo Tomás comenta que «la gracia de Dios es como un fuego, que no luce cuando lo cubre la ceniza; pues así ocurre cuando la gracia está cubierta en el hombre por la torpeza o el temor humano» (Super 2 Timotheum, ad loc.). El Concilio de Trento se apoya en estos dos versículos para definir solemnemente que el orden sacerdotal es un sacramento instituido por Jesucristo (cfr De sacramento Ordinis, cap. 7).

El Espíritu Santo se manifestó y derramó sobre la Iglesia el día de Pentecostés y actúa continuamente en ella para santifi­car a todos los fieles y para que los pastores —y en especial los sucesores de Pedro— «santamente custodia­ran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe» (Conc. Vaticano I, Pastor Aeternus, n. 4).

Comentarios

Nancy Moya ha dicho que…
A que Sacramento pertenece esta cita?
Francisco Varo ha dicho que…
Al orden sacerdotal

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