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Reconciliaos con Dios (2 Co 5,17-21)

4º domingo de Cuaresma – C. 2ª lectura

17 Por tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha llegado lo nuevo. 18 Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación. 19 Porque en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo, sin imputarle sus delitos, y puso en nosotros la palabra de reconciliación. 20 Somos, pues, embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. 21 A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios.

Comentario a 2 Corintios 5,17-21

El Apóstol acaba de dar razón de su comportamiento, insistiendo en que es honesto y claro (vv. 11-13). El motor de su modo de actuar es «el amor de Cristo» (v. 14), que en este contexto puede entenderse tanto del amor de Cristo a los hombres como de éstos a Cristo.

Al exponer este amor, hace un apretado resumen del contenido de la Redención (vv. 15-17): Dios ha reconciliado a los hombres con Él por medio de Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados y murió por todos los hombres. «Todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también por la eficacia de lo que él realiza en el presente» (S. León Magno, Tractatus 63; cfr De passione Domini 12,6).

Además, Dios ha constituido a los Apóstoles embajadores de Cristo para llevar a los hombres la palabra de la reconciliación (v. 19): «La Iglesia erraría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la “palabra de reconciliación” y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que la importancia del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá de los confines de la Iglesia, a todo el mundo» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 23). Éste es el conocimiento que Pablo posee de Jesucristo, frente al que poseía antes de convertirse, cuando sólo veía a Cristo «según la carne» (v. 16).

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