27º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
Comentario a Mateo 21,33-43
La parábola de los viñadores homicidas es como un compendio de la historia de la salvación. Comienza con una evocación implícita de Is 5,1-7, donde se comparaba a Israel con una viña que, pese a todos los cuidados divinos, en vez de dar frutos había dado agrazones; de ahí que el Señor vaya a destruirla. En el contexto en que Jesús pronunció la parábola y en el que vivían poco después los evangelistas, es fácil ver su alegoría: los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos (cfr 2 Cro 24,21). Finalmente, Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Así se indica la diferencia entre Jesús, el Hijo, y los profetas, no más que siervos. Pero también a Éste se disponen a matarlo, fuera de la viña, esto es, de Jerusalén. Es lógico el castigo de Dios.
Sin embargo, con las palabras del Salmo 118 citadas en Mt 21,42 el Señor enseña que estas acciones de los hombres no hacen sino corroborar el plan de Dios que, de esa manera, funda un nuevo pueblo cimentado en Cristo, nueva piedra angular. Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a «un pueblo que rinda sus frutos» (v. 43), aludiendo a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios: «El Señor Dios la consignó —no ya cercada, sino dilatada por todo el mundo— a otros colonos que den fruto a sus tiempos, con la torre de elección levantada en alto por todas partes y hermosa. Porque en todas partes resplandece la Iglesia, y en todas partes está cavado en torno al lagar, porque en todas partes hay quienes reciben el Espíritu» (S. Ireneo, Adversus haereses 4, 36,2).

Comentarios